lunes, 30 de marzo de 2015

Cuando el teatro clásico mola y mucho: #Insolación y #Dondehayagraviosnohaycelos


A priori, aunque todos los años acabo viendo una o dos obras de teatro clásico, no suelo ser muy aficionado a este género, pues como a todo hijo de vecino, a veces se me hacen un poco densas y no es lo que más te apetece un sábado por la tarde. Sin embargo, las dos últimas que he visto han sido clásicas, y las dos me han ENCANTADO en mayúsculas. Insolación de Emilia Pardo Bazán adaptada de forma sencilla pero esquisita por Pedro Villora; y Donde hay agravios no hay celos, de Francisco Rojas Zorrilla dirigida por Helena Pimients y, como la primera, con un equipo de actores y actrices espectacular. Y no lo digo porque admire cada trabajo que hace Natalia Millán un poco más que el anterior, que también.

Insolación, está interpretada por María Adánez, Pepa Rus (que como en su papel de Macu en Aida, está destornillante), Chema León y José Manuel Pogar. Se trata de una obra original de Pardo Bazán donde Francisca de Asís Taboada (María Adánez), una joven y atractiva marquesa viuda de Andrade, sufre el clima asfixiante del conservadurismo de la aristocracia y la alta burguesía de finales del XIX. Francisca conoce a Diego Pacheco, un muchacho de buena sociedad con fama de conquistador. Pero lejos de resignarse a reprimir sus deseos e ilusiones, decide dejar de plegarse a la moral sexual de su entorno y no ya entregarse sin miedo al placer, sino capitanear la relación admitiendo que uno debe intentar ser protagonista de su propia historia. Sin duda una defensa del derecho a la mujer a ser libre y decidir que hoy en día sigue de actualidad. Y es ahí donde el teatro clásico tiene su principal magia, en el hacerte reflexionar y ver que hace siglos se tenía los mismos problemas y preocupaciones que hoy.



Igualmente reflexiva y actual es la obra Donde no hay agravios no hay celos, llevada acabo por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Una comedia medida al milímetro, llena de detalles, coreografías, trajes espectaculares, diálogos en verso pero destornillantes y donde todos y cada uno de los actores y actrices bordaba su papel. Y donde volví a recordar (me suele pasar siempre que la veo en teatro) que Natalia Millán, por la que tengo debilidad desde que la vi en Policías cuando era un niño, además de buena gente (como la obra de teatro de Verónica Forqué) y buena actriz, canta como los ángeles.

Donde hay agravios no hay celos, como bien dice la directora del montaje, es una de las mejores comedias del Siglo de Oro que el público de la época y del siglo siguiente tuvieron ocasión de disfrutar en los escenarios, dado que fue una de las más representadas. Autores extranjeros seducidos por su ingenio y por su técnica, así como por la construcción de los personajes, la tomaron como referencia para títulos tales como Jodelet ou le maître valet de Scarron estrenada en París en 1643, o The man’s the master de Davenant, su heredera en lengua inglesa. Hoy, y vuelvo a repetirme, está más actual que nunca.


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