lunes, 20 de julio de 2026

Eurovisión versus Mundial de fútbol, o la doble vara de medir

La entrada que escribo hoy me rondaba por la cabeza desde antes de que comenzara el Mundial de Fútbol. Pero no había encontrado ni momento ni las ganas. Pues bien, ha llegado el día. Mientras gran parte de España está eufórica con el triunfo de la selección (masculina) de fútbol (ayer España ganó su segundo mundial con unas audiencias de vértigo), yo me vuelvo a preguntar dos cosas. 

Una: ¿Los 14 millones de personas que vieron ayer la final por TVE (más del 77% de la audiencia durante la prórroga) se han planteado en algún momento la NO participación de España en este Mundial? Y no me sirve el argumento hetero de "el mundial es cada cuatro años y Eurovisión es todos los años". Fútbol hay casi todos los días del año. Cuando no es un Mundial, es la Eurocopa, cuando no es la liga, es la Copa del Rey, y si no la UEFA en su multitud de variedades. Y si no, nos inventamos una competición nueva. 

¿En serio no nos hemos planteado que si no vamos a Eurovisión porque participa un país genocida  (y ojo estoy totalmente de acuerdo con la decisión, aunque me joda) tampoco deberíamos haber participado en un mundial de fútbol que se celebra en un país (Estado Unidos) que apoya al mismo estado genocida (Israel) por el que se decidió no participar en Eurovisión? Sin contar, claro, que el señor Trump está metido en casi todas las peleas (por ser fino) abiertas internacionalmente o aplica una política migratoria asquerosa. Por no mencionar su transfobia y su machismo escalofriante o su negación del cambio climático, entre otras cosas. 

Obvio, la respuesta es clara: hay una doble vara de medir, o de no querer ver las cosas directamente relacionada con el machismo y el heteropatriarcado (y por ende con la LGTBIQfobia) imperante en la sociedad: Sacrificamos Eurovisión (que es el evento LGTBIQA+ más mainstream, aunque en realidad sea un evento cultural apoyado por gente del colectivo y ajena al mismo), y con el mundial no nos planteemos nada, que "no hay que mezclar las cosas".

Pues quizá sí que hay que plantearse cosas, y aquí la segunda pregunta. Dos: ¿Hasta cuando vamos a seguir blanqueando los estereotipos, el heteropratiarcado y la LGTBIQA+fobia en el fútbol? ¿Nos podemos parar a pensar un momento que mientras seguimos ensalzamos "los valores del fútbol" para nuestras criaturas hay miles de niños, niñas y niñes que lo están pasando mal porque aunque es niño no les gusta el fútbol (y el fútbol ocupa el espacio central de muchos patios y horas y horas de ocio de los más pequeños), porque desde muy pequeños se les separa en buenos y malos, porque "el fútbol es cosa de chicos" (sí, cada vez hay más niñas que juegan al fútbol... ¿pero están al mismo nivel?) o porque los equipos (infantiles, no voy a meterme en jardines mayores) siguen sin ser mixtos? ¿En serio el fútbol les enseña "buenos valores"? Pues alguno imagino que sí, pero también enseña que si se pierde puedes montar una trifulca (como ayer algunos jugadores de Argentina) o que si metes un gol puedes reventar el palo del córner de una patada (como vimos ayer también), o que si te apetece puedes escupir donde te da la gana o que si acudes a un partido puedes llamar "puto mono" al jugador negro del equipo rival o maricón al de tu equipo cuando hace algo mal. 

¿En serio nos sorprende que no haya ningún futbolista de élite (hombre) fuera del armario? El fútbol nunca ha sido un lugar seguro para los gays y otras personas que se salen de la normatividad. Y por desgracia, aunque se están dando pasos tímidamente, va a seguir siendo así mientras sigamos educando en una estructura androcentrista. El fútbol es la viva metáfora de que el hombre blanco heterosexual de clase media o alta no quiere perder su privilegio, aunque se permita que en el descanso del partido actúe Madonna o que la selección española (femenina) también pueda ser campeona del mundo.

miércoles, 1 de julio de 2026

Serena Williams y la tirita al edadismo

El Noqui de finales de los 90 odiaba a las hermanas Williams. Veía a Venus y Serena como dos seres superiores que arrasaban con todas (sus rivales) sin compasión.


Fue más tarde cuando me percaté del mérito que tenían: dos mujeres (hablamos de machismo) negras (racismo) de una familia humilde (clase) y una de ellas con un cuerpo fuera del canon social (violencia estética) demostrando que eran las mejores del mundo.

Pues bien, ayer Serena, consciente o no (yo creo que sí) volvió a demostrar, con un pequeño gesto, la importancia del enfoque interseccional*. A sus 44 años (edadismo) saltó a la pista central de Wimbledon con una tirita en el cuello. Una tirita del color de su piel. Obvio imagino que hace tropecientos años que se inventaron las tiritas de color chocolate. ¿Pero cuánta gente privilegiada blanca nunca nos habíamos parado a pensar que había tiritas (y no me refiero a las infantiles de Hello Kitty y Superman) de color no carne? ¿Y por qué le llamamos color carne cuando la carne tiene infinidad de tonos?

Sin entrar en el debate de si los torneos de tenis deberían o no invitar a grandes estrellas prejubiladas sin ranking (entiendo a quienes opinan que quitan oportunidades a los y las jóvenes promesas); Serena, aunque perdió, demostró que el feminismo y por ende la sociedad tiene que ser interseccional o no lo será. 


*interseccionalidad: Este término describe cómo las distintas características de identidad de una persona (como su género, raza, clase social, orientación sexual o discapacidad) se cruzan y se superponen, afectando la forma en que experimenta desigualdades, privilegios y discriminación en la sociedad.